Nos ha dejado uno de los grandes, José Antonio Garmendia. La muerte abarata los elogios y exagera las virtudes, pero pocas oportunidades vamos a tener para llorar y enaltecer la figura de uno de los personajes más geniales y singulares de Sevilla. El maestro Garmendia.
Cualquier sevillano un poco atento podrá recordar su figura de capitán de mercante, con su enorme barba blanca, paseando por la calle Placentines antes de hacer parada y fonda en la posada de su íntimo Juan Robles. Porque Garmendia formaba parte ineludible del paisaje humano de esa Sevilla heterodoxa y brillante, donde cabe en un mismo cuño la guasa y la Semana Santa, el escepticismo de Machado o Cernuda y el costumbrismo de los Quintero, el humor y el barroco, la cornucopia y la torrija, el tinto y el incienso.
Nos ha dejado un humorista sin molde, un maestro del ingenio, un rara avis único en su especie, pues, como decía su amigo Paco Robles, todo aquel que intente imitarlo está condenado al ridículo. En su intervención diaria en el programa de Carlos Herrera (su valedor, su máximo admirador) Garmendia ha dejado una legión de seguidores, y quizá al bueno de José Antonio sólo le faltó haber vivido en la metrópolis y medrado en los ambientes de la corte mediática para que su nombre se recordara junto a Tip y Col, Gómez de la Serna o el mismísimo Valle Inclán. Pero él prefería su ciudad y sus tabernas, sus calles del Casco Antiguo, sus amigos de toda la vida, su vino y su tapita, hasta el punto de que de su viaje a América con el Herrera dijo que lo que más le había gustado de Nueva York era venirse para Sevilla.
Ya sólo su currículum es una obra cumbre del surrealismo sevillano: dibujante de La Codorniz, campeón de España de Atletismo, Licenciado en Química, crítico gastronómico, periodista radiofónico...
Entre el Garmendia artista y la persona no había la más mínima diferencia. Ítem más, la mejor obra de Garmendia era él mismo, su egregia figura, su cachonda seriedad, su facilidad para hablar en verso, su hondura callejera, su versatilidad tabernaria, su eclecticismo sevillano, su agnóstico beticismo, su distante cercanía, ese corazón enorme escondido bajo sus anchas camisas de impecable bohemio. Conocí al maestro en esta casa, en el periódico Casco Antiguo, merced a su director Rafael Dóyega, que, entre otras virtudes, tuvo el olfato para ver en José Antonio el referente que todo periódico necesita para distinguirse de la medianía. Contra esa imagen de estirado y soberbio que transmitía a simple vista, Garmendia era todo generosidad, escuchaba a cualquiera que le enseñaba su libro de poemas en la barra de un bar, disfrutaba de la conversación y los pequeños placeres, se embarcaba en proyectos como este periódico guiado por su intuición... y nunca dejaba pagar una convidá.
Los que algún trato tuvimos con él, nos queda su recuerdo en el mostrador de Casa Robles, y el consuelo sus libros. Acudan a una de esas pocas librerías que aún quedan en esta ciudad de atascos, y ríndale un homenaje privado al maestro con su Taberna del Traga, o su Florilegio de Chorradas, con cualquiera de sus impagables perlas literarias. Favor que nos hacemos. Porque Sevilla sin Garmendia es un lugar menos interesante, menos habitable. Compren un trozo de la memoria de la mejor Sevilla. Él se estará riendo por dentro, en la esquina de Placentines con San Pedro.